Cada producto disponible en la plataforma está publicado y vendido por un vendedor asociado indicado en la ficha del producto. La plataforma funciona como un metabuscador y mercado en línea: facilita el descubrimiento y el proceso de pago, pero la venta la realiza el vendedor, que pasa a ser el responsable de la transacción.
El envío lo gestiona directamente el vendedor asociado. El paquete sale del almacén del vendedor o de su red logística, y se entrega a la empresa de mensajería. Este modelo permite realizar entregas más eficientes y garantiza que la gestión del pedido esté a cargo de quien dispone realmente del producto.
En la ficha del producto encontrarás los ingredientes, los alérgenos y la información nutricional según los datos proporcionados por el vendedor o el productor, es decir, la etiqueta oficial. Si tienes alergias o intolerancias, te recomendamos revisar atentamente la ficha antes de comprar y contactar con el vendedor si tienes alguna duda concreta.
La plataforma nace para poner en valor y hacer más accesible la alimentación Made in Italy. Seleccionamos vendedores del sector del comercio electrónico de alimentación con catálogos coherentes e información transparente. Cada producto está asociado a un vendedor identificable y a una ficha informativa completa: queremos que comprar aquí signifique comprar con confianza.
Los plazos y los costes de entrega dependen del vendedor y del destino. En el proceso de pago siempre encontrarás la estimación actualizada de la entrega antes de confirmar el pago. En los envíos internacionales, los plazos pueden variar según el país y la empresa de mensajería.

Del latín «en medio de las tierras», el Mediterráneo evoca clasicidad, mestizajes y cielos azules sobre los que proyectar un deseo: el de lograr captar los rasgos de una identidad común. Si la mirada del historiador parece desmentir la idea de mediterraneidad –David Abulafia define en este volumen el Mediterráneo como un espacio fragmentado, en el que incluso en el pasado el encuentro entre culturas fue la excepción de algunas ciudades cosmopolitas y no la regla–, son las Musas las que se sienten atraídas por él. La vena melancólica y reflexiva de los cantos evocada por el músico turco Zülfü Livaneli, la proverbial convivialidad y la celebración del tiempo libre ensalzadas por Matteo Nucci son observadas con una mezcla de fascinación y desaprobación por los países de matriz protestante: la nobleza del perfil griego del homo mediterraneus puede convertirse en un instante en una caricatura despectiva, sinónimo de laxitud y atraso cultural. Se defina como se defina, el Mediterráneo parece estar en crisis: descuidado por la Unión Europea, que contempla las costas norteafricanas y levantinas solo como amenaza y recurso energético, es el cruce de una de las mayores migraciones de la historia. Mientras cada año cientos de millones de turistas se agolpan en sus costas, como en un espejo deformante cientos de miles de personas afrontan un dramático viaje en sentido contrario para huir de guerras, persecuciones y pobreza. La vía líquida, como la llamaba Homero, está cada vez más militarizada, transitada y contaminada, además de sobrecalentada y sobreexplotada por la pesca. Visto desde las costas norteafricanas, más que un Mare nostrum parece un muro que divide el mundo árabe del europeo, fuente de división y no cruce de culturas. Sería más sensato celebrar su variedad que buscar una identidad común fugaz, pero quizá la mediterraneidad no sea más que un sentimiento y, como tal, no quiere escuchar razones. A pesar de todo, sigue siendo fascinante, tranquilizadora y consoladora. En sus costas la modernidad no arraiga por completo, el tiempo transcurre de otra manera y los pueblos se hablan más que en otros lugares. ¿Y si el homo mediterraneus aún estuviera por llegar?
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Del latín «en medio de las tierras», el Mediterráneo evoca clasicidad, mestizajes y cielos azules sobre los que proyectar un deseo: el de lograr captar los rasgos de una identidad común. Si la mirada del historiador parece desmentir la idea de mediterraneidad –David Abulafia define en este volumen el Mediterráneo como un espacio fragmentado, en el que incluso en el pasado el encuentro entre culturas fue la excepción de algunas ciudades cosmopolitas y no la regla–, son las Musas las que se sienten atraídas por él. La vena melancólica y reflexiva de los cantos evocada por el músico turco Zülfü Livaneli, la proverbial convivialidad y la celebración del tiempo libre ensalzadas por Matteo Nucci son observadas con una mezcla de fascinación y desaprobación por los países de matriz protestante: la nobleza del perfil griego del homo mediterraneus puede convertirse en un instante en una caricatura despectiva, sinónimo de laxitud y atraso cultural. Se defina como se defina, el Mediterráneo parece estar en crisis: descuidado por la Unión Europea, que contempla las costas norteafricanas y levantinas solo como amenaza y recurso energético, es el cruce de una de las mayores migraciones de la historia. Mientras cada año cientos de millones de turistas se agolpan en sus costas, como en un espejo deformante cientos de miles de personas afrontan un dramático viaje en sentido contrario para huir de guerras, persecuciones y pobreza. La vía líquida, como la llamaba Homero, está cada vez más militarizada, transitada y contaminada, además de sobrecalentada y sobreexplotada por la pesca. Visto desde las costas norteafricanas, más que un Mare nostrum parece un muro que divide el mundo árabe del europeo, fuente de división y no cruce de culturas. Sería más sensato celebrar su variedad que buscar una identidad común fugaz, pero quizá la mediterraneidad no sea más que un sentimiento y, como tal, no quiere escuchar razones. A pesar de todo, sigue siendo fascinante, tranquilizadora y consoladora. En sus costas la modernidad no arraiga por completo, el tiempo transcurre de otra manera y los pueblos se hablan más que en otros lugares. ¿Y si el homo mediterraneus aún estuviera por llegar?